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Capitulo 6: Tzeentch, Dios del Cambio

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Introducción

Tzeentch es el Gran Hechicero, el Dios de la Magia y el Señor del mutable flujo del tiempo. Conocido como El Que Cambia las Cosas, dirige el destino del universo y está cubierto de energía. Es el maestro de la magia, pero también de la suerte, del destino, la intriga, la historia y el subterfugio. Como el cambio es inherente a la esencia misma del Caos, Tzeentch exige maximizar el poder sobre todos los que adoran al Caos, ya que sin transformación, un guerrero no puede ascender a la grandeza, los dioses no pueden otorgar sus dones, y los vivos no pueden morir. Tzeentch guía a los inconscientes mortales por aquellos caminos que le ayudarán a aumentar su poder, aunque estos nunca son conscientes de su función en este plan. Concede sus favores a aquellos que utilizan la inteligencia para controlar el mundo, especialmente a los Hechiceros y a las criaturas mágicas. Se deleita con las artimañas y los politiqueos de los hombres, y concede favores a los astutos antes que a los fuertes, a los manipuladores antes que a los violentos.

Esta entidad a la que los hombres adoran tiene un millar de nombres y caras. Conocido como Tchar entre los bárbaros del norte, Chen en el este exótico oriente y Shunch en las calurosas junglas del sur, y en todos esos lugares su nombre siempre es sinónimo de cambio, ya que la única constante que tiene Tzeentch es su inconstancia. Sin embargo, en todas partes se le conoce como un manipulador sutil que posee una sabiduría exhaustiva. Tzeentch conoce cada pizca de odio que hay en el corazón de un hombre, igual que conoce el destino final de cada estrella del cosmos.

El Que Cambia las Cosas

Como todos los dioses del caos, Tzeentch no es más que el cúmulo de sensaciones de las razas inteligentes con una voluntad que le da coherencia.

Tzeentch es el dios de la transformación. La magia es el atributo más notable que distingue a sus seguidores. Su poder es realmente antiguo y quizás esté relacionado con los seres más antiguos del mundo de warhammer. Es posible que en un tiempo fuese el dios más poderoso pero lejos de declinar, Tzeentch sigue siendo el dios supremo a causa de su supuesto domino del devenir del mundo.

Las criaturas inteligentes son capaces de prevenir y planificar sus acciones gracias a su habilidad para conocer el pasado y calcular las probabilidades del futuro. Esta habilidad natural puede convertirse en obsesión. Cuanto más conocimiento se posee más seguridad en el veredicto. Sin embargo el mundo es un lugar cambiante, en el que cualquier predicción puede fallar. Es imposible controlar el destino y sin embargo, la criaturas más inteligentes aspiran a mantenerlo bajo control. Tzeentch ronda las mentes más inquisitivas proporcionándole conocimientos más allá de lo posible. Tzeentch es el revelador del destino. Todo aquel que aspira de forma obsesiva al control y la planificación se siente tentado a seguir el oscuro sendero que lleva al caos. Los sirvientes de Tzeentch son en esencia seres previsores y conservadores.

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El mundo de warhammer es impredecible y cambiante. Todo plan se desvanece ante la presencia de lo inesperado. Warhammer no es un mundo seguro y el conocimiento tan solo da una apariencia de control. Sin embargo Tzeentch ofrece una salida verdadera al problema. No importa lo complejo que pueda ser el mundo e inescrutable el destino puesto que el verdadero poder se halla en la manipulación del propio destino. Manipulando el pasado se controla el presente, controlando el presente se cambia el futuro. La ciencia y la razón siempre se detendrán ante las propias limitaciones de la inteligencia y la duración de la vida, pero el caos es eterno y todopoderoso. La magia puede crear una realidad factible ¿Quién no podría engañar al destino creando una nueva realidad? Tzeentch enseña la mentira que es el prejuicio. Nada es definitivo: todo puede transformarse.

Muchos seres inteligentes se sienten con la obligación de tenerlo todo bajo control. El caído en la doctrina de Tzeentch pretende tener ojos y oídos en todas partes y todo debe ser supervisado cuidadosamente: un rumor, una prueba, un dato que no sea correcto o que conscientemente se haya pasado por alto lleva al desastre. Los cultistas de Tzeentch son seres retorcidos y complejos sin parangón. Sospechan de todos los que les rodean y desesperan de no poder fiarse de nadie. El servicio a su dios a través del sacrificio de víctimas permite esa seguridad que tiene conocer lo que realmente está pasando alrededor o descubrir qué se trama a las espaldas. Tzeentch informa de manera enigmática pero trascendental. Todo es mentira, todo debe doblegarse a la voluntad de imponer un nuevo orden al mundo, una nueva realidad. La fascinación por la realidad lleva al cultista finalmente a cuestionarlo todo y comprender que la luz que da forma a la percepción también es cambiante y relativa. Comprender la luz es comprender el mundo de la ilusión. La ilusión son haces de colores que pueden combinarse para crear otra luz nueva, esta vez controlada por el usuario. No hay más realidad que la que Tzeentch puede tejer. El sirviente de Tzeentch es un hereje por definición y no tiene cabida entre el resto de la sociedad ya que sus ideas o conceptos son falsos y la sociedad es zafia y ciega por no comprenderlo. En realidad el mundo para los seguidores de Tzeentch debe ser purgado por su ignorancia, consumido en una pira de fuegos multicolores que glorifique al dios del conocimiento supremo, el dios del destino. En el reino del caos el pasado y el futuro se pueden encontrar en el Pozo del Destino. El poder absoluto es dominio de Tzeentch que lo conoce en su insondable profundidad. El verdadero objetivo de cada uno de los servidores de Tzeentch es compartir con su dios la posibilidad de acceder a ese conocimiento a costa de perder su alma. Tal merced está más allá de cualquier habilidad natural y sólo se consigue a través de un sincero servicio que comporte la muerte y destrucción de un mundo falso y maleable.

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Tzeentch es el Gran Conspirador, el maestro de los complots y de la intriga. Sus planes son siempre rebuscados y de un alcance vastísimo, pues se extiende a través de un número inimaginable de eones, y resultan incomprensibles y contradictorios para toda mente mortal, o contra los propios intereses de Tzeentch. Sólo Tzeentch alcanza a ver las posibilidades de los potenciales futuros que se entretejen como hilos y filamentos multicolores. Los planes de Tzeentch se extienden a lo largo del tiempo y el espacio, y pueden precisar de Incontables siglos para su consecución. Pero, ¿qué suponen unos simples cientos de años para un dios que existía mucho antes del principio de los tiempos y continuará su existencia mucho después de que el mundo haya dejado de existir?.

Él es el Maestro Manipulador, el que mueve los hilos del destino y el que rige la suerte tanto de sus seguidores como de sus enemigos. No manipula la vida de los hombres para que tengan un final determinado, por lo menos no durante mucho tiempo; para Tzeentch, cada acto de manipulación ya es un final en sí.

A parte de ser el señor de flujo, Tzeentch es también maestro de la energía siempre cambiante a la que los mortales llaman magia. Conocido como el Gran Hechicero, Tzeentch regala increíbles poderes mágicos a aquellos que lo honren para que cambien la realidad a su antojo. El insignificante, el desesperado y el ladino le rezan pidiendo ventaja sobre sus rivales y suplicando fortuna. Los chamanes de las tribus del Norte le dirigen todas sus plegarias, le ruegan poder gobernar por encima de los caudillos guerreros y les suplican fortuna en todo lo referente a las actividades mágicas. A la larga acabarán por recibir el don de la mutación muy por encima de cualquier otra cosa, pues Tzeentch es sinónimo de cambio, y los verdaderos discípulos de la Gran Conspirador aceptarán esta mutación con gran entusiasmo. En el Imperio y en los demás reinos del hombre, los adoradores de Tzeentch se agrupan en sociedades secretas a través de las que cada uno trata de aumentar su rango y su influencia.

Es difícil dilucidar el verdadero objetivo de Tzeentch. Si pretende dominar el mundo, sus métodos son, en el mejor de los casos, indirectos, y al parecer prefiere utilizar a los demás como peones para llevar a cabo sus planes. Tzeentch disfruta corrompiendo a los mortales, para lo cual les bendice concediéndoles poderes que son incapaces de controlar. Los más vulnerables a las promesas del Gran Transformador son los hechiceros, sacerdotes y demás individuos capaces de manipular la magia. A los mortales sin capacidades mágicas, como los estudiosos y demás personas cultas que aspiran a saber más para, en el fondo, obtener más poder, Tzeentch hace promesas seductora de conocimientos secretos y sistemas para acabar con los rivales. El líder de cada una de estas sectas normalmente recibe el nombre de Magister, el hechicero más poderoso de todos los miembros de la secta, los cuales se clasifican en distintos grados de afiliación. Estas organizaciones son tan herméticas y complejas que el único que conoce la identidad de todos los miembros del culto es el propio Magister.

Tzeentch es el amo de la magia, el susurro secreto del poder, el Señor de la Transformación. Regio y terrible, Tzeentch mueve los hilos de la magia y el destino desde su, escrutando el entramado del futuro y el pasado para manipular el mundo a su antojo. Es el más generoso de los dioses del Caos y concede favores a todo el que lo pide, pero el precio ha pagar que pide a cambio de estos favores es extremadamente terrible. Es el maestro de las mentiras y el subterfugio, de los poderes secretos ocultos tras el trono, de pactos oscuros y de negocios que acaban en traición. Tzeentch es la mayor fuente de Magia del Caos, y muchos de sus seguidores son magíster negros o estudiosos de lo oculto. Incluso aquellos que le dan la espalda lo reconocen como origen primario de la magia.

Tzeentch es el Señor de la Transformación, el maestro de la mentira y el engaño, el dios manipulador desde el inicio de los tiempos. Su verdad es que lo único que no cambia es el mismo devenir cambiante del mundo. Tzeentch es la fijación enfermiza de todo aquel que pretende que todo cambie para que no cambie nada. Todo lo demás es mera ilusión.

Culto y Adoración

 

Muy pocos de entre todos los seguidores de Tzeentch consiguen llegar al final del largo camino que conduce a ser nombrado paladín, pero estos pocos se convierten en los paladines más formidables de los Dioses Oscuros. La recompensa que reciben consiste en unas habilidades guerreras excepcionales y en los extraordinarios poderes arcanos del Señor de la Magia. Esta combinación tan mortífera los convierte en enemigos muy peligrosos, lideres muy astutos y guerreros imponentes que dirigen sus ejércitos echando mano de una intuición infalible. ¿Cómo se puede vencer a un adversario que parece adelantarse a todos tus movimientos?

Las legiones de Tzeentch no son tan numerosas como las de encolerizado Khorne, y no poseen la resistencia impía de aquello que pertenecen a su rival Nurgle. Sin embargo, el poder de las huestes adoradas de El Que Cambia las Cosas no se puede medir con simples números. El cielo que cubre una hueste de Tzeentch se retuercen y arden en un torbellino de energía. Sus estandartes están rodeados en rayos que retruenan y rugen hacia los ojos de aquellos que los miran. Las armas y armaduras de los elegidos de Tzeentch brillan por el fuego. Cuando el Gran Conspirador está en auge, sus guerreros reciben la habilidad sobrenatural para percibir y reaccionar a docenas de futuros posibles. Los templetes son un poder más arcano para las filas de creyentes, puesto que los Hechiceros que van en cabeza liberan maldiciones y rayos de fuego mágico que inmolan o mutan a todo lo que tocan.

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La visión de una hueste de Tzeentch a menudo conlleva un cambio drástico en la batalla: un gran héroe conquistador se ve reducido a un pueblerino idiota, un refugio seguro se transforma en una trampa mortal, o una valiente y última resistencia se convierte en aniquilación. Estos son los espectáculos que divierten y ocupan la Gran Conspirador. Si los cambios que este contempla tiene que ver con soldados de carne y hueso entonces tanto mejor, ya que la transformación de la vida a la muerte es el más grande de todos los cambios.

Un ejército de Tzeentch es una manifestación extraña de forma supina. Su organización es alambicada, llena de ritos de iniciación y círculos secretos. Todos los sirvientes de Tzeentch son desconfiados y pretenden en todo momento confiar en aquel que es del agrado de su dios y cumple el Decreto. Tan solo Tzeentch prueba la valía de sus paladines, el resto son obstáculos del agrado de su dios, pues la capacidad de dudar de sus adeptos los hace cambiar de alianza, traicionarse mutuamente y delatar a los conspiradores. Únicamente a través de estos círculos de iniciación mistérica se llega a un orden eficaz. Los campamentos están rodeados de una bruma iridiscente y es difícil orientarse en su interior. Los pabellones no siguen un orden jerárquico y racional. En todo campamento abundan los objetos imposibles, creados a partir de cristales, fuegos fatuos y metales tan livianos que desafían la gravedad. Las armas de los guerreros adoptan formas caprichosas y colores cambiantes. Las armaduras son siniestras y tienen como objeto además de la protección el ocultar toda información sobre el propietario, defendiéndose de la traición de sus propios camaradas.

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Tan solo los paladines gozan de renombre y para ello es necesario un servicio abnegado y constantemente tutelado por los miembros iniciados de más alta graduación. Los favores del dios se conjugan con una habilidad marcial sin parangón, siendo soldados que parecen anticiparse a los movimientos del rival. Los ejércitos de Tzeentch son fecundos en ardides y celadas. Sus campeones son expertos estrategas que de modo antinatural dominan en todo momento el campo de batalla.

Los magos de Tzeentch son sin duda los mejores magos del mundo si captan el favor de su dios. El conocimiento mágico es uno de los signos más excelsos del decreto de Tzeentch. Muchos iniciados conocen la magia o son sensibles a ella, siendo capaces de discernir el engaño de otros competidores y aliados. La magia es el estado perfecto de la transformación y los magos de Tzeentch son estrambóticos en toda su dimensión. Sus cuerpos se retuercen en formas que desafían la razón: es la forma de demostrar lo equivocados que están todos los incrédulos. La magia de Tzeentch es destructiva para todo lo que signifique el orden y la permanencia. Ante los magos de Tzeentch todo arde y muta entre coloridas llamaradas de energía del caos.

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Manifestación y Símbolos

Tzeentch es el más extrañamente formado de todos sus hermanos pues no tiene una forma concreta, aunque normalmente se manifiesta como una luz nebulosa que cambia de color constantemente. En las representaciones, suele aparecer como un humanoide enorme de forma grotesca y extremidades desgarbadas. Cuando toma forma, su piel resulta un flujo constante que cambia de aspecto y de color y que se deforma en rostros grotescos que no paran de lanzar carcajadas y de burlarse de todo el que mire. cuando habla, estos rostros repiten lo que dice con pequeñas, pero importantes y sutiles diferencias, que adoptan cada vez matices nuevos e inquietantes.

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Carece de cabeza y su rostro arrugado y con el ceño fruncido sobresale de la parte superior de su torso, por lo que su cuerpo y su cabeza son la misma cosa. Por encima de sus ojos tiene dos gigantescos “cuernos” de gran longitud que parecen brotar de sus hombros en lugar de por su frente. Estos cuernos serpenteantes y flexibles que acaban en caras horripilantes. Cuando Tzeentch habla, estas dos caras susurran mostrándose al mismo tiempo de acuerdo y en desacuerdo con sus aseveraciones, por lo que se confuso y demencial oírle hablar. Sin embargo, al ser la personificación del cambio, Tzeentch puede adoptar cualquier forma que desee, y quienes reciben visiones suyas tienen dificultades para describir al detalle lo que han visto.

A su alrededor fluye magia siniestra, parecida al humo líquido, que forma desconcertantes siluetas que se entrecruzan. Todo el que lo mira le está ofreciendo su; después de todos, no es nada malo que las mentes mortales puedan ver el infinito, y Tzeentch es el nexo de todos esos posibles futuros.

Tzeentch tiene varias marcas y símbolos, aunque el más común es una representación de la sinuosa serpiente del cambio, una esfera situada entre dos extraños sellos ondeantes. A veces sus seguidores utilizan el ojo omnisciente, un símbolo apropiado para el Arquitecto del Destino. Los hechiceros reconocen su poder mágico y temen su poder oscuro. Quienes contemplan el símbolo durante un rato afirman que palpita y late ante sus propios ojos, y hacerlo durante demasiado tiempo invita a la locura.

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Los colores de Tzeentch son brillantes y atrevidos, con un énfasis especial en los amarillos vibrantes, los azules relucientes y los dorados. Sus seguidores visten ropajes y armaduras barrocas e intricadas, cubiertas tanto con su símbolo como con otras runas arcanas. A diferencia de la mayoría de los demás seres del Caos, los adoradores de Tzeentch suelen estar sorprendentemente limpios y a menudo brillan con una luz impía, pues la luz del sol se refleja en el metal bruñido y los vivos colores de sus ropas y armaduras.

El nueve es número que los adoradores de Tzeentch consideran sagrado y el más potente de los rituales de invocación solo podrá tener lugar en el interior de nueve círculos unidos por una estrella de nueve puntas. A menudo un chamán o magíster que adore a Tzeentch tendrá nueve discípulos.

Los pájaros de todo tipo, especialmente los buitres y cóndores, son sagrados para Tzeentch. Algunas de sus mutaciones predilectas consisten en transformar las cabezas de sus seguidores en las de águilas deformes, proporcionarles alas multicolor o alterar sus manos y pies para convertirlos en espolones nudosos.

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Respecto a sus Hermanos Oscuros….

Tzeentch es casi tan poderoso como Khorne, pero su poder tiene una forma diferente. Tzeentch es el señor de la magia y la sutilidad. Es Tzeentch quien mantiene el Reino del Caos fuera del tiempo y el espacio, y es él quien monta guardia sobre el destino del universo material. Sus conspiraciones son intrincadas e interrelacionadas, y es el principal arquitecto de las alianzas secretas entre los Dioses Oscuros.

Con la notable excepción de Nurgle, Tzeentch ve a los demás dioses del Caos como fuerzas de cambio y, por tanto, no tiene reparos en permitirles su existencia sin tapujos. A los ojos de Tzeentch, Nurgle es una fuerza estancada y contraria a los objetivos del Señor de la Transformación. Por este motivo, los seguidores de Tzeentch suelen estar enfrentados a los de Nurgle.

-FIN DEL CAPÍTULO-

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