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Capitulo 8: Nurgle, la Gran Inmundicia

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Introducción

 Nurgle es el Señor de la Descomposición. Él es el que da rienda suelta a la hambruna y la peste sobre el mundo, y es a Nurgle a quien acuden los mortales cuando imploran ayuda para resistir los estragos de la enfermedad, de la edad y del inevitable declive que comporta el paso de los años. En algún momento, ya sea tarde o temprano, todos los mortales sienten el debilitante toque de Nurgle. Cuando las cosechas se echan a perder, cuando un niño cae presa de la fiebre, y cuando las heridas empiezan a encorarse en el campo de batalla, se ofrecen súplicas a Nurgle para que se contenga. Estas súplicas a menudo son exitosas, pero el favor de Nurgle se compra a un terrible precio.

Conocido también como Nurglitch, Onogal, Neiglen y muchos otros apelativos, Nurgle es un dios ancestral y bien establecida. Tiene el título de Señor de Todas las Cosas, porque no importa lo sólido y permanente que parezca todo, siempre es susceptible a corromperse. Lo que ahora es un palacio, mañana serán solo ruinas, una hermosa doncella por la mañana será una vieja bruja por la noche, y la esperanza de un momento no es más que la piedra fundadora del eterno remordimiento.

 

El Señor de la Descomposición

El Padre Nurgle o el Señor de la Plaga es uno de los primeros dioses del caos. Como todos los dioses del caos, Nurgle no es más que el cúmulo de sensaciones de las razas inteligentes con una voluntad que le da coherencia. Nurgle es el Gran Señor de la Podredumbre, el vil dios del Caos de la enfermedad, la descomposición y la entropía, que dirige la corrupción física y la morbosidad. Las enfermedades y la putrefacción le atraen como un cadáver en descomposición atrae a las moscas. Como Señor de la Pestilencia, es inventor de tormentos, padre de plagas y portador de corrupción. Se deleita propagando su amorosa pestilencia entre los mortales, engendrando nuevas plagas con las que obsequiar a los vivos. Lo que más le fascina son las vidas de los leprosos y los lamentos de los enfermos. Para divertirse inventa terribles enfermedades que libera en el mundo. Muchas de las enfermedades más horribles son creaciones de Nurgle, entre las que destacan la más desagradable de todas: la Putrefacción de Nurgle.

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La gran pasión de Nurgle es el ciclo de la existencia, la vida y la muerte. En el centro de su mohosa mansión se consagra a su pasión. Bajo las mohosas y combadas vigas, el gran dios trabaja durante horas en un caldero de hierro, un receptáculo suficientemente grande para contener todos los océanos del mundo. Nurgle trabaja para crear contagios y pestilencias, las más sencillas pero más fecundas formas de vida. Así es la irónica existencia de Nurgle: todo lo hace con el fin de llevar la vida al mundo, pero la inmensa mayoría de sus creaciones son letales para otros seres entre los que Nurgle es ampliamente conocido como destructor, no como creador.

Nurgle se afana por extender su presencia por todo el mundo mediante las plagas y la suciedad, y no desea otra cosa que convertir el mundo en un hediondo pozo de muerte, descomposición y plagas. Nurgle ve belleza en todo lo nauseabundo, disfruta del reluciente brillo de una pústula palpitante y goza contemplando la palidez cerúlea de un mortal que ha sucumbido a una de sus numerosas infecciones. Nurgle considera que es su deber despertar la belleza secreta que se esconde en todas las cosas, liberar las maravillas ocultas de la descomposición. Para el Señor de las Moscas, la belleza es algo que puede ser mejorado por su caricia, de modo que pretende embellecer el mundo con su contacto bendito.

Entre los adoradores de Nurgle se incluyen enfermos, nihilistas y locos. Sus seguidores suelen provenir de las clases más bajas, los que ya viven sumidos en la desesperación y la inmundicia. Nurgle acoge a los desamparados, a los olvidados y a los que no les queda ya nada por lo que vivir, para ensalzados con las muchas bendiciones que puede ofrecerles. Los humanos son, con diferencia, quienes adoran con más frecuencia a Nurgle, aunque los skavens, seres inmundos muy relacionados con la descomposición, también lo ven como un espíritu semejante (algunos skavens lo adoran exclusivamente a él, llegando incluso a rechazar a su propia Rata Cornuda). Proporciona un extraño solaz a sus seguidores, quienes hallan una retorcida camaradería en sus compañeros leprosos y víctimas de plagas. Nurgle ve a los puros como un lienzo en blanco a la espera de ser pintado.

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Este es el dios de la decadencia física y la descomposición. Su poder es muy inestable, siendo el más poderoso cuando la plaga y la enfermedad afectan a muchos seres vivos, tornándose débil a medida que la plaga remite y la salud vence a la enfermedad.

Todos los seres vivos mueren en algún momento. Incluso cuando se ha disfrutado de una vida segura y sin accidentes, la salud acaba por ceder al morbo y la decadencia física. Las razas más sensibles ven en la enfermedad la antesala de la muerte. El contacto con lo insano se asocia con un sentimiento de aversión y miedo. El mundo de warhammer no está exento de estas sensaciones, y precisamente de ahí fluye el poder de Nurgle.

Los humanos son los seres más expuestos a la enfermedad y también los seres inteligentes más numerosos. También los elfos y los enanos enferman pero disfrutan de vidas largas en las que los elfos apenas sufren alteraciones físicas y los enanos las veneran como signo de respetabilidad. Nurgle se asocia a la vida como su reverso desordenado, como la vida más allá de la muerte: la disolución del ser en un acto generoso de engendrar nuevas formas de vida. Nurgle: el Gran Gusano, el Señor de las Moscas.

Las epidemias azotan el mundo de warhammer llevando la muerte a todos los rincones. Las personas buscan desesperadamente un remedio, pero a menudo el remedio no sirve y llega el horror y la desesperación. Las personas buscan santones y milagros que sólo son concedidos a unos pocos sin explicación posible. El resto muere en la más absoluta incomprensión, repudiado por los suyos y apartado de la sociedad, impedido por su falta de salud. Nurgle está al acecho de los desesperados que buscan una salvación y no son pocos. Él se aparece como un padre amable que no abandona ni excluye a nadie. Miríadas de demonios repugnantes dan la bienvenida a cualquiera que quiera unirse a ellos. No se juzga el aspecto y cuanto más descompuestos más dignos de compasión se vuelven los neófitos para el dios de la decadencia

Nurgle no ofrece salud sino una comprensión del dolor y la enfermedad. A través del morbo el neófito descubre que la muerte alimenta a muchos otros seres y las enfermedades no son más que obra creativa que desea vivir desde sus adentros. La muerte no existe, la desfiguración es una obra sin fin. Lo importante es el alma que seguirá adelante no importa los padecimientos ni las taras. Los sirvientes de Nurgle no mueren a causa de las enfermedades y cuantas más contraen más verdadero es el mensaje de su padre. El miedo a la muerte desaparece y la alegría de ser aceptado sin condición se convierte en una explosión de júbilo y energías insanas de alabar y servir a su dios. Sus almas son eternamente condenadas a servir a su dios predicando con el ejemplo y sirviendo de sustento para otros organismos y demonios.

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El mensaje el Padre Nurgle no puede ser predicado racionalmente. Todos los seres vivos huyen de lo enfermo y desprecian lo feo y maloliente. El mensaje de Nurgle debe ser acogido en la más profunda intimidad, en el enfrentamiento directo a las pruebas de la enfermedad y la vejez. Por eso las palabras de Nurgle son plagas horribles y mortales de las cuales apenas hay protección posible. Esas plagas provienen de los desiertos del caos cuando el dios siente la necesidad de expandir su poder y tras esas oleadas de miasma caminan podridos los fieles devotos que acogen con gusto a los creyentes convertidos y matan a los incrédulos y los sanos. Las legiones de Nurgle propagan aún más las palabras de su padre contaminando las aguas, la tierra y el aire. La palabra de Nurgle más potente es conocida como la plaga roja, una enfermedad incurable una vez contraída y en realidad son muchas las enfermedades que el huésped engendra dentro de si hasta que la piel se le arruga y se retuerce en llagas y pústulas, abundantes emanaciones de fluidos corporales y en su etapa final una verruga en forma de cuerno enorme surge de la frente. Es la forma que adoptan los portadores de la plaga al salir de sus cuerpos anfitriones, a menos que el enfermo pida voluntariamente pertenecer a Nurgle para siempre.

Culto y Adoración

Los sirvientes de Nurgle son seres extrañamente extrovertidos. Aceptan a todo el mundo y les animan a que tomen ejemplo de su entrega y abnegación. Los líderes de los cultos están literalmente podridos y henchidos por la enfermedad que a pesar de todo pronóstico siguen actuando con un vigor antinatural. Partes de sus cuerpos llegan a poseer tumores que hacen las funciones de miembros, muestra de que Nurgle provee a todos sus hijos. Otras partes pueden mostrar la osamenta putrefacta sin que ello impida seguir moviéndose, sus vendajes no protegen del exterior sus úlceras sino que las incuban para que se hagan aún más grandes y ostentosas. Todos los animales necrófilos son amigos, hermanos en una extraña hermandad que no distingue de formas, tan solo el gozo de poder sobrevivir gracias a la generosidad de Nurgle. Las leyendas hablan de ferias ambulantes de mutantes y fétidos titiriteros que animan a todos cuanto se cruzan a seguir sus pasos o morir de forma horrible. Nurgle no es un dios de amenazas ni malos modales. Sus enfermedades hablan por él y cumplen su decreto, sus seguidores ejecutan la sentencia sin ira sino con compasión.

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Un ejército de Nurgle es con seguridad el espectáculo más repugnante que existe. Está rodeado de una nube de insectos necrófagos y apesta a descomposición. Es peligroso acercarse sin exponerse al contagio. A él acuden muchos peregrinos enfermos de los alrededores enloquecidos por su impotencia ante la plaga y allí son abrazados y conminados a rezar en comunidad a su dios. Los pabellones son funcionales y cochambrosos, así como todos los enseres que utilicen ya que lo externo es una ilusión y todo lo que recuerde a la belleza y la salud es tratado con desprecio y vejado hasta que su anterior forma quede borrada. Las armas y armaduras de sus combatientes están oxidadas y sus estandartes y uniformes raídos. Todo proclama una alabanza a la descomposición. Bien puede pensarse que los guerreros de Nurgle son poco hábiles y mal equipados. Nurgle enseña a no subestimar las apariencias pues sus paladines más devotos no solo sobrellevan sus achaques durante siglos por alabar a su dios sino por cosechar almas de los incrédulos y los sanos que se resisten a la palabra hecha plaga de su señor. Las armas están cubiertas de un icor infecto y las armaduras tan solo revelan que tras ellas nada puede ser funesto para su portador. Los guerreros de nurgle no temen el dolor y la penuria, resisten increíblemente las heridas sufridas, en parte porque partes enteras de su cuerpo están necrotizadas y en parte porque el dolor es contínuo en su cuerpo y mente hasta hacerlos insensibles. Su aspecto hiela el corazón de sus oponentes y a veces les hacen creer que no serán capaces de reaccionar como un guerrero sano: error fatal para quien eso creen.

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De entre los seguidores de Nurgle existen hechiceros que muchas veces fueron médicos y sanadores que se rindieron ante la frustración de no poder salvar a los demás o a ellos mismos de la muerte. Sus vidas están ahora consagradas al estudio de la enfermedad y cómo se propaga. Ellos interpretan sutilmente las mudas palabras de su señor y las hacen suyas. Los hechiceros del caos son seres corruptos en todos los sentidos. Sus cerebros hace tiempo están descompuestos pero siguen funcionando de forma más eficiente que antes, ya que entienden de forma total la enfermedad y ello les ayuda a canalizar los vientos del caos que provienen de su señor.

Los Paladines de Nurgle, aunque devastados por la enfermedad, son a su vez inmunes a dichas plagas, ya que se acostumbran al dolor y a las molestias. Aunque sus cuerpos se pudran y revienten, el espíritu de Nurgle los mantiene con vida cuando deberían estar muertos. De este modo, eso los Paladines de Nurgle pueden soportar heridas y aflicciones que dejaría a otros incapacitados y así seguir luchando en nombre de su dios. Mirar a estos individuos es algo horrible, más incluso que otros Paladines del Caos, puesto que la carne descamada, los estómagos hinchados llenos de gases cadavéricos y el hedor a muerte que rezuman induce a pensar inevitablemente en el destino final que espera a todas las criaturas vivas.

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Nubes de enormes moscas vuelan alrededor del Paladines de Nurgle, bañarse en las úlcera y pústulas y metiéndose en los ojos, fosas nasales y oídos de todo aquel que lo mire. Un miasma de pestilencia se cuelga alrededor de los guerreros de Nurgle como una nube de un verde grisáceo, que asfixia a todo aquel que esté al alcance de sus espadas oxidadas y pústulas. Pero no todo es mísero y macabro entre los soldados de a pie de Nurgle, ya que el Paladín luce abiertamente la aprobación de su dios. Por eso, las huestes del Señor de la Plaga se dirigen a la batalla con la exuberancia de un Carnaval, con su armadura pintada con una paleta de colores nauseabunda, con unas risas ahogadas por la flema por todo el campo de batalla como si fueran a entregar sus mortíferos regalos al enemigo.

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Muchos pueden pensar que la distancia aísla de los efluvios de Nurgle pero cuando eso ocurre son sus enviados quienes cruzan montañas y cruzan mares para traer la palabra infecta de Nurgle. Las flotas de plaga son temidas por todo el mundo. A menudo se ven pecios a la deriva con las velas raídas y movidos por una extraña corriente. Su interior puede aparecer carente de toda vida pero allá donde embarranca o donde es abordado la muerte se contagia.

Manifestación y Símbolos

 Nurgle se aparece a sus seguidores como un humanoide grotescamente obeso, con el cuerpo tremendamente abotargado, recubierto de heridas, forúnculos y pústulas que no dejan de supurar pus y rezuma un hedor enfermizo y malsano. Su abotargado rostro siempre esboza una sonrisa siniestra, y a menudo exhibe cierta ironía, con una lengua tremendamente larga que acaba en un rostro más pequeño y deforme. De su cabeza nacen dos grandes cuernos amarillentos, desconchados e incrustados de sangre y otras sustancias viles.

Está rodeado por una densa y oscura nube de pequeños insectos demoníacos, cada uno de los cuales lleva el símbolo de la Plaga marcado sobre su caparazón. La piel de Nurgle, echa jirones, es verdosa, coriácea y gangrenosa, su superficie está totalmente cubierta de llagas abiertas, furúnculos hinchados y numerosas marcas de infecciones. Sus indescriptibles órganos internos, malolientes por la descomposición excremental, sobresalen a través de su agrietada piel, colgando como racimos de uva de su voluminoso cuerpo. Por las tripas que lleva al descubierto vomita pequeños demonios conocidos como nurgletes, que son los malignos hijos de Nurgle, que mastican y sorben los nauseabundos jugos de su interior mientras ríen y cacarean mientras juegan en medio de la inmundicia. Ésta es la apariencia del Dios del Caos Nurgle, aunque las palabras apenas pueden describir su verdadera e impresionante obscenidad.

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Nurgle adora su propia imagen, y sus demonios suelen parecer versiones más pequeñas de él mismo. Sentado en su trono, acaricia y acicala a sus esbirros. Murmurándoles arrullos de adoración, pero al mismo tiempo aplasta a muchos otros bajo su inmensa mole o con un ademán indiferente de su goteante mano. La vileza de su reino no tiene parangón; es como todos los pozos negros y osarios del mundo combinados en una única y borboteante masa. Quienes contemplan su horripilante palacio jamás vuelven a sentirse limpios, y pasan a ver el mundo como el pozo de inmundicia que es en realidad.

El principal símbolo de Nurgle son tres esferas dispuestas en un diseño triangular, que los eruditos atribuyen a formas similares a pústulas, bubones y demás síntomas de enfermedades. Este símbolo suele aparecer en la piel enconada de los elegidos de Nurgle. Otros de sus símbolos son moscas, tentáculos, fauces abiertas y cálices repugnantes. Sus colores sagrados son el verdoso enfermizo, el amarillento y el marrón. El número de la descomposición es el siete, y está extendida la creencia de que siete plagas caerán sobre el mundo cuando se produzca el Fin de los Tiempos.

Sus seguidores visten harapos mugrientos e incrustados de vómitos, así como ropas andrajosas con sus colores, adornadas con extremidades putrefactas y pedazos de carne enferma y cráneos. A menudo portan sucios estandartes mientras recorren el Viejo Mundo con la intención de propagar sus bendiciones. Los animales sagrados de Nurgle son la mosca, el gusano y el cuervo carroñero, aunque todas las criaturas que se alimentan de los muertos en descomposición o transmiten plagas virulentas cuentan con su favor. A menudo se sacrifican en honor a Nurgle animales a punto de morir por una plaga, y luego se arrojan a los pozos o almacenes de comida de los sanos para que se pudran en su interior.

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Respecto a sus Hermanos Oscuros….

Aunque Nurgle se considera que es inferior a Khorne y Tzeentch, la verdad es que no por ello su poder es menor, simplemente es menos estable que el de los demás dioses. Cuando Nurgle libera sus terribles enfermedades su poder crece hasta llegar a un punto álgido. Como la plaga, su poder crece y puede alcanzar proporciones pandémicas, ensombreciendo temporalmente el de todos los demás dioses juntos. Esta es la causa de que Nurgle se merezca un gran respeto por parte de sus hermanos. Aunque las legiones demoníacas de Nurgle no son tan feroces como las de Khorne, ni tan numerosas como las de Tzeentch, cuando el poder de Nurgle crece, incluso los demonios pueden verse afectados por sus terribles enfermedades.

El único que puede oponerse a Nurgle es Tzeentch: el cambio y la evolución. Ambos dioses se odian mutuamente y ocurra donde ocurra un conflicto entre ellos solo hay una cosa segura: el sufrimiento hará acto de presencia. Nurgle es el enemigo eterno de Tzeentch, el Señor del Cambio. Nurgle y Tzeentch extraen sus energías de creencias opuestas. Mientras que la energía de Tzeentch viene de la esperanza y el deseo de una fortuna mejor, Nurgle se alimenta de la desesperación y la falta de fe. Estos dos Poderes del Caos nunca pierden la oportunidad de lanzar sus fuerzas unas contra otras, desde inmensas batallas en las Planicies del Caos hasta intrigas políticas entre mortales.

Nurgle es el dios del caos de la no vida. Él es el dios de la renuencia a la decadencia, del obsesivo rechazo a la enfermedad y la hipocondría; tan solo que su aspecto es lo contrario de quienes buscan la salud y la juventud. La verdad de Nurgle está siempre más allá de las apariencias y las palabras. Nurgle: la Gran Inmundicia.

-Fin del Capítulo-

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