-DRACHENFELS- Cap.2

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CAPITULO 2:

Constant Drachenfels, el Gran Hechicero, ya era viejo, ya era antiguo antes de que naciera por primera vez Genevieve Senderen du Pomte du Lac Dieudonne. Y eso había sucedido hacía seiscientos treinta y ocho años, como ella nunca se permitía olvidar.
En la vida verdadera, el hogar de Genevieve era la ciudad de Parravon, situada al este de Bretonia, donde su padre era ministro de la primera familia y sus hermanas se contaban entre las más grandiosas bellezas de una corte famosa en todo el mundo conocido por sus grandes bellezas. En aquellos tiempos, Drachenfels había andado entre los hombres más a menudo que ahora, y estaba más acostumbrado a mostrar su rostro cubierto por una máscara metálica en los palacios de Bretonia y el Imperio.
Por entonces las historias eran más frescas. Se hablaba en susurros de sus tremendos libertinajes sus crímenes inconcebibles sus ataques de cólera devastadora sus titánicos embrujos, sus terribles venganzas y su única derrota. Drachenfels había, sido uno de los poderes del mundo.
Genevieve sospechaba que, aunque medio olvidado, aun lo era. Solo se había visto superado en una ocasión por Sigmar el Portador del Martillo.
Resultaba extraño pensar que, por entonces, Sigmar había sido considerado un hombre. Un héroe, pero aun así un hombre. Ahora los sacerdotes se referían a él como la deidad patrona del Imperio Sigmar se había marchado, nadie sabía dónde, pero el monstruo al que una vez derrotó aún se encontraba allí. La maldad de Drachenfels aún estaba muy presente en el mundo.
Cuando era una niña de doce años, cuatro antes de recibir el Beso Oscuro, Genevieve había visto a Drachenfels en persona. Atravesaba Parravon a caballo con su ejército de muertos, ataviado con hermosas sedas y con el rostro cubierto por su máscara de oro. Las cabezas de los capitanes de la milicia de la primera familia se bamboleaban con la boca abierta sobre las picas. Un asesino salió corriendo de entre la multitud y fue hecho pedazos por los podridos tenientes de Drachenfels. En el aire danzaban demonios que se llevaban pedazos del destrozado atacante. Genevieve se ocultó tras las faldas de sus hermanas, pero de todos modos echó una buena mirada.
Los amigos de su padre habían hablado de Drachenfels delante de ella. Se ignoraban sus orígenes, sus debilidades eran desconocidas, sus poderes ilimitados y su maldad infinita. Ni siquiera su rostro había sido visto por ningún hombre viviente. Había intentado imaginar una monstruosidad debajo de la máscara, una monstruosidad tan espantosa que habría hecho que pareciesen atractivos los rostros de calavera y jirones de carne de los soldados de Drachenfels. O, como sugirió su hermana Cirielle, una hermosura tan pasmosa que todos aquellos que la contemplaban caían muertos al instante. Cirielle siempre fue la tonta de la familia. Había muerto de peste unos cincuenta años después, apenas un latido de corazón, realmente.
Drachenfels recibió tributo de Parravon, pero de todos modos esclavizó a la primera familia. Como ejemplo, el padre de Genevieve también pereció y fue servido junto con otros funcionarios públicos como comida para uno de los asistentes demoníacos del hechicero. Seiscientos años después, Genevieve podía reunir poca sed de venganza. Su padre habría vivido otros veinte, treinta años, treinta y cinco a lo sumo, y aún así se habría borrado de su memoria. Resulta difícil pensar que la muerte de una mosca de mayo sea una tragedia muy grande. A veces se encontraba con que de su mente emergían los rostros de sus padres, sus hermanas, sus amigos de la corte, pero aquellos eran principalmente tiempos perdidos, una vida que le había sucedido a alguna otra persona.
Pocos años más tarde, años que ahora eran meros minutos en su memoria, Chandagnac llegó a casa de su tío. Ghandagnac, con sus ojos oscuros y su barba trenzada, sus dientes como agujas y sus cuentos de la juventud del mundo. Ella recibió el Beso Oscuro y nació por segunda vez, nació a la semivida.
Ghandagnac también había muerto. Siempre había sido demasiado extravagante para su gente, y se ganó demasiados enemigos importantes. Finalmente, los sacerdotes de Ulric lo habían perseguido y clavado al suelo con una rama de espino mientras le cortaban la cabeza con una cimitarra de plata. Eso había sucedido trescientos años antes. Era la última de los vástagos de Chandagnac, que ella supiera. Había muchos, mayores que ella, pero vivían muy al este, en las fronteras de Kislev, y exhibían un comportamiento reservado. En ocasiones, seres estúpidos aparecían por la taberna de la Luna-Creciente atraídos por su presencia, y ella los rechazaba o ponía fin a sus vidas, dependiendo de cómo se sintiera. A veces podían ser un fastidio.
Habían pasado los siglos y todo había cambiado muchas veces. Las dinastías del Imperio, las guerras, las alianzas, las ciudades, unos pocos grandes hombres, incontables pequeños, monstruos, artes y ciencias, bosques; todo había llegado y partido como las estaciones del año.
Genevieve aún caminaba sobre la tierra, al igual que Drachenfels.
Se preguntó si él sentiría por ella la misma reprimida afinidad que ella experimentaba-hacia él. Había canciones que reconocerían sólo ellos dos de entre todos los habitantes del mundo, nombres que una vez habían sido famosos y que sólo ellos conocían, animales extinguidos cuya carne había tenido un sabor que sólo ellos podían evocar. Lo más probable es que él no sintiera nada por ella, que sólo tuviese una vaga conciencia de su existencia. Ella era lo que era: en el mejor de los casos, la prima de la humanidad, pero Drachenfels estaba más allá incluso de eso. Había dejado de ser un hombre de cualquier tipo mucho antes de que entrara en Parravon. El rostro que ocultaba tras su imperturbable colección; de máscaras de metal, no se parecería ni remotamente a cualquier cosa que respirase aire.
Esta noche, de una u otra forma, ella miraría esa cara. Tal vez Cirelle, muerta y convertida en polvo hacía mucho tiempo, tenía razón, después de todo. Quizá no sobreviviría a la visión y puede que, tras seis siglos y medio, no le importara tanto morir.
Había seguido la carrera de Drachenfels a lo largo del tiempo, tomado nota mental de todos los reinos saqueados y desangrados por él, las plagas desatadas sobre ellos, los tributos impuestos, los demonios que había puesto en libertad. Ahora hacía unos cuantos siglos que estaba quieto, quieto dentro de su inexpugnable fortaleza de las Montañas Grises. Algunos creían que Drachenfels había muerto, pero existían demasiadas pruebas de que continuaba trabajando en todo el Viejo Mundo. A veces, los hechiceros que frecuentaban la taberna de la Luna Creciente hablaban de él, de las perturbaciones que causaba en esa esfera que está más allá del espacio y el tiempo, donde los más grandes de los hechiceros se aventuran en busca de los vastos seres principales del universo. Sabían lo suficiente para no unirse a la expedición de Oswald.
Algunos decían que estaba demasiado viejo para ser el monstruo que había sido en otros tiempos, pero Genevieve sabía que los poderes de los inmortales aumentan con el paso de los años, en lugar de disminuir. Algunos aventuraban que el Gran Hechicero estaba viajando por dentro de sí mismo, intentando sondear las profundidades de su propia oscuridad, convocar a los peores de sus demonios personales. Una canción, cantada sólo por un juglar bretoniano de extraño rostro, sugería que Drachenfels estaba meditando sobre sus muchos pecados, buscando la fuerza para batallar con Sigmar, y que esta vez vencería para siempre al portador del martillo de guerra y provocaría el fin de todas las cosas.
Había oído toda clase de rumores pero ninguno la había conmovido mis que cualquier otro chismorreo de taberna, hasta que el príncipe Oswald von Koningswald, hijo del elector de Ostland, entró en la Luna Creciente. Le contó que Constant Drachenfels estaba preparándose para volver al mundo y apoderarse del Imperio, y que debía detenerse al Gran Hechicero antes de que pudiera descargar una muerte terrible sobre todo un continente.
Esto había sucedido tres meses antes Oswald era uno o dos años mayor que ella cuando Chandagnac le dio el Beso Oscuro. Suponía que era un joven apuesto y podía ver en torno a él el aura del gran hombre noble en que se convertiría de mayor. Sería el elector al morir su padre, por supuesto. El elector de Ostland podía, a veces, dominar por completo a los otros y tener en sus manos el curso de acontecimientos del Imperio Jamás había tenido éxito un pretendiente al que se opusiera Ostland. Nunca. El padre de Oswald vivía en un lugar comparativamente modesto pero, en ocasiones, el propio Luitpoid acudía a su corte como si el elector fuese el emperador y él un suplicante. Si el hijo de Luitpoid, Karl Frank que va a sucederlo en el trono, necesitaría el apoyo del padre de Oswald. De hecho, puesto que el elector se había casado a edad avanzada y se aproximaba ya a la mediana edad, el emperador pronto necesitaría el apoyo del príncipe Oswald.
Genevieve había oído decir que el príncipe era un joven serió, un hombre capaz de superar a todos sus tutores en cualquier cosa, desde gastronomía a filosofía, y que era tan diestro con la guitarra estahana como con el arco largo de Albión —Los bufones de taberna contaban chistes sobre el muchacho de rostro sepulcral que, según se rumoreaba, en una ocasión había avergonzado a Luitpold hasta el punto de hacerle retirar una propuesta de edicto contra la prostitución, al preguntarle si el emperador tenía intención de dar ejemplo quemando en la pira a cierta importante adivina tileana muy prominente en las funciones de la corte desde que había fallecido la señora emperatriz. Y Genevieve había leído con interés un delgado libro de poemas escritos en estilo clásico que había sido objeto de grandes elogios, publicado por un autor anónimo.
Aunque, por la jactancia imprudente del tutor titular del elector, Sieur Jehan, mas tarde se supo que era obra de Oswald von Konigswald. De todos modos, ella no había estado preparada para aquellos ojos fríos como el hielo, la fuerza con que le estrecho la mano y la franqueza de su discurso.
En la trastienda de la taberna, Oswald le había ofrecido la muñeca, pero ella declinó. La sangre aristocrática era demasiado preciosa para ella. Se sustentaba de personas sin amigos, aquellas a las que nadie lloraría. En Altdorf, había muchos cuya desaparición sería una ventaja para el Imperio, para el mundo, en realidad, y que habían constituido su alimento y su bebida desde que decidió establecerse allí.
Sieur Jehan acompañaba al príncipe, cargado con un saco de pergaminos y libros encuadernados y Anton Veidt, el cazador de fortunas, que cuidaba de sus armas como otros cuidan de su mujer. Oswald conocía la historia del padre de ella. Sabia cosas de su vida que ella misma había olvidado. Le ofreció una oportunidad para vengarse y, al ver que eso no la tentaba, apelo a su necesidad de variación, de cambio. El joven Sigmar debía ser así, pensó ella al percibir la emoción que reprimía Oswald. Todos los héroes tienen que haber sido así. De pronto, temerariamente anhelo probar su sabor con un deje de pimienta en la sangre. No mencionó la lujuria que acababa de acometerla pero, de algún modo, supo que él había visto el deseo en ella y respondió a su anhelo con una necesidad propia, una necesidad que tendría que ser pospuesta hasta que culminara la presente misión. Ella lo miró a los, ojos, los ojos en los que no se reflejaba su rostro y, por primera vez en siglos, se sintió viva otra vez.

Sieur Jehan presentó las pruebas de los recientes actos de Drachenfels. Leyó el testamento, conseguido a través de un médium, de un hechicero al que habían encontrado en su morada, hacía poco, desollado y deshuesado. El hechicero muerto alegó que toda clase de fuerzas mágicas y demoníacas estaban convergiendo en la fortaleza de Drachenfels, y que el Gran Hechicero estaba alcanzando nuevos niveles de poder. Luego, el erudito habló de la plaga de sueños y visiones de la cual habían informado los sacerdotes de todos los dioses. Se veía a un hombre enmascarado que avanzaba por la tierra asolada, entre los incendios que habían sido ciudades y los desiertos que habían sido bosques.
Los muertos formaban pilas altas como montañas y los nos eran nueve partes de sangre por una de agua. Las fuerzas del mal estaban reuniéndose y Drachenfels se hallaba en medio de ellas.
Oswald tenía intención de enfrentarse con el monstruo dentro de su cubil y derrotado para siempre. Una vez más, le ofreció la oportunidad de unirse al grupo, y esta vez ella acepto. Solo entonces le dijo el que su padre, y presumiblemente el propio emperador Luitpold, se habían negado a creer en las pruebas presentadas por Sieur jehan, y que emprendía aquella aventura sin ningún tipo de apoyo imperial.
Al día siguiente partieron de Altdorf hacia las Montañas Grises.
Más adelante se les unieron otros. Rudi Wegener, un rey bandido del bosque. Reikwald, apostó por ellos y los ayudo a rechazar a sus propios posesos camaradas, durante una larga noche oscura, en la espesura del bosque. Junto con Rudi llegó Stellan el Brujo, que había vivido con los bandidos y estaba decidido a poner a prueba sus poderes mágicos contra los del Gran Hechicero; y Erzbet la bailarina asesina del Fin del Mundo, que recitaba todas las noches, como una oración, los nombres de aquellos a los que había matado. Ueli y Menesh habían sido reclutados en el paso del Mordisco del Hacha, donde toda una comunidad de pacíficos campesinos resultaron ser demonios disfrazados y donde el joven Conradin, el escudero de Oswald, fue espetado y devorado por un ogro mutante. Los enanos habían estado viajando hacia el sur pero se mostraron dispuestos a brindarles sus espadas a cambio de oro y gloria. Heinroth, cuya-alma estaba destrozada por el asesinato de sus hijos, se unió a ellos poco después. Un grupo de incursión de orcos de la fortaleza se había divertido con sus dos hijos pequeños y luego los había matado. El juró hacerse un tajo con su propia espada por cada día que dejara vivir a Drachenfels, y se cortaba inexorablemente cada mañana. Un día, al despertar, encontraron a Heinroth abierto en canal y con las entrañas afuera, con unas palabras grabadas en sus huesos:

REGRESAD AHORA

Ninguno de ellos había oído nada, y había estado de guardia el perspicaz Veidt.
Durante todo este tiempo, Oswald había estado al mando; impávido ante cada nuevo horror y manteniendo unidos a sus seguidores —cosa que, en el caso de Veidt y los enanos, o de la licenciosa Erzbet y el fanático asceta que era Heinroth, no había resultado fácil—, y siempre seguro del resultado final. Sieur Jehan le contó a Genevieve que Oswald había sido así desde niño. Era evidente que el erudito quería al muchacho como a un hijo, y decidió seguirlo cuando el verdadero padre del príncipe se negó a escucharlo. Aquellos eran los últimos días grandiosos, pensó Genevieve, Y sus nombres vivirían para siempre en las baladas.
Ahora, Conradin estaba muerto. Sieur Jehan estaba muerto. Heinroth estaba muerto. Ueli estaba muerto. Y antes de que acabara la noche, otros —tal vez todo el grupo— se reunirían con ellos. Hacía mucho tiempo que no había pensado en morir. Tal vez esa noche Drachenfels acabaría con el beso Oscuro de Chandagnac y la empujaría por fin al otro lado de la frontera que mediaba entre la vida y la muerte.
Oswald avanzo en línea recta hasta las puertas abiertas de la fortaleza, miró con indiferencia a un lado y otro, hizo una señal a sus compañeros y se adentró en la oscuridad Genevieve lo siguió, y todos los demás fueron tras ella.

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